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Luis Sicilia / Tinta Amarilla

Vender la piel del oso…

“Estamos en Canarias y debemos mirar uno para el otro como lo que somos, como canarios. El que lo quiera entender, que lo entienda. Es mi deseo y el de todo el consejo de administración de la UD Las Palmas que el CD Tenerife se salve del descenso y se mantenga en Primera División, aunque, lógicamente, al final la última palabra la tendrán los protagonistas”. Las palabras no son de ningún político 'buenista', sino de Luis Sicilia, entonces presidente de Las Palmas, que el 9 de abril de 2002 encendió las alarmas de muchos clubes de Primera División implicados en la lucha por la permanencia en la élite. Y se entendieron como lo que eran: una invitación a un pacto en caso de necesidad.

Con los dos equipos canarios en la máxima categoría, el calendario reservaba para la penúltima jornada un derbi regional en el Insular y de las manifestaciones del mandatario amarillo se desprendía la opción de alcanzar un acuerdo que beneficiara a ambos equipos. Y sobre todo, al Tenerife, que ese día de abril era el único implicado de los dos en la pelea por la permanencia. Especialmente virulenta e hipócrita resultó la reacción de Osasuna y Real Sociedad, dos conjuntos vascos que competían con el Tenerife en la 'batalla de la permanencia'. Porque antes y después de esas palabras de Luis Sicilia, ambos han participado en los habituales e infames 'pactos de no agresión' labrados en Euskadi.

Para entonces, Las Palmas no estaba inmersa en la pelea por la salvación. A falta de cinco jornadas, los amarillos sólo necesitaban tres puntos. Los debían haber logrado el domingo anterior, cuando se dejaron empatar un partido que tenían ganado ante el Zaragoza. Pero les quedaba tiempo de sobra para salvarse. Antes de recibir al Tenerife, por el Insular debía pasar el Rayo Vallecano, penúltimo en la tabla. Y hasta entonces, en aquel recinto sólo habían ganado Valencia y Deportivo, que al acabar el campeonato serían los dos primeros clasificados. El Madrid de Casillas, Zidane y Raúl, por ejemplo, se llevó cuatro. Por tanto, salvarse era un trámite para la UD, una simple cuestión de tiempo.

Un empate en el Sánchez Pizjuán acercó a los amarillos al objetivo. Y el equipo se distrajo. El debate no era ganar o perder el siguiente partido, sino si había que “ayudar” o “hundir” al Tenerife. Y había partidarios de ambas teorías. De ganar el siguiente partido, nadie se ocupó. Y así le fue. Las Palmas cayó (0-2) ante el Rayo y también contra Osasuna (3-2). Y las buenas intenciones de Luis Sicilia se convirtieron en humo. Llamado a ser el 'derbi de la fraternidad', se convirtió en un partido a vida o muerte. Al final, aquella tarde en el Insular no había lugar para el pacto. A los locales les podía bastar el empate para lograr la permanencia. Al Tenerife, seguramente, ni siquiera le valdría el triunfo.

Al final, entre gritos de “a Segunda, a Segunda”, ganó el Tenerife. Y una semana después, murieron los dos. Siguieron juntos, sí, pero en Segunda División. A Luis Sicilia hay que reconocerle sus buenas intenciones, pero ya dice el refranero español que “no hay que vender la piel del oso antes de cazarlo”.

 

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