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Tribuna Alta: 'Lo que la verdad esconde', por Manoj Daswani

¿Hasta cuándo vamos a mirar hacia otro lado? Primero Etxeberria y luego Casadesús -en apenas 24 horas- han revelado en público estos días que en el Tenerife hay un mundo (o mejor dicho, un infinito) por mejorar urgentemente. No somos el club idílico y ordenado que nos quieren vender; y sí algo muy parecido a un desastre cotidiano donde el propósito diario es ir parcheando hasta resolver los problemas a trancas y barrancas.

La labor ingente de Víctor Pérez Borrego en la dirección general no solo trajo cordura y talante. También valió para ir dando soluciones a las carencias (muchas) que presentaba el club en casi todos los ámbitos. Mientras trataba de llevar al club hacia la modernidad, el ex alto cargo blanquiazul se encontró con una rémora en la desidia irreversible de otros trabajadores, acostumbrados a vivir instalados en la mediocridad y a la cultura del mínimo esfuerzo. Conviene que se sepa. Ni tan siquiera a las reuniones iban con papel y boli.

Pérez Borrego alucinaba cuando en el club tardaban siglos en resolver problemas tan graves como las carencias del gimnasio de El Mundialito, que da pena como podemos comprobar en las publicaciones de Instagram de algunos futbolistas; o los barracones de la Ciudad Deportiva, que estos días han propiciado el penúltimo ridículo público con la mudanza del filial al Heliodoro, a última hora, corriendo y con prisas; cuando ya Mazinho había explicitado que prefería jugar en Geneto.

Las palabras de Etxeberria y Casadesús confirman lo que muchos hemos denunciado durante años. Que la Isla puede ser un destino idílico para los jugadores por la atmósfera, el estadio, el clima y la gente; pero que el Tenerife hace tiempo que empezó a ser visto en el balompié nacional como un club arcaico, donde hay problemas hasta para que llegue el agua caliente a los vestuarios del primer equipo (hace meses que un futbolista me pidió que lo denunciara porque en el club, me dijo, viven a golpe de tuit).

Con Pedro Rodríguez Zaragoza, el club ha vuelto al origen. O incluso ha retrocedido todavía mucho más. Algunos trabajadores han vuelto a convertir el escaqueo en su modus vivendi y el club ha perdido el rumbo peligrosamente. Ya no hay estrategia. Y hasta el presidente se sonroja cuando le cuentan que el gabinete de Comunicación se ha puesto a jugar a los desmentidos en Twitter contra un reputado exempleado de la institución, como es José Antonio Pérez.

En el Tenerife, casi todo queda al azar. Desde la planificación de los viajes (¡vaya viajes!) a las prometidas mejoras en las instalaciones. Desde la política de Comunicación (que no existe) al mimo de los abonados y simpatizantes. Desde el cuidado de las cantinas a las obras de los baños. Desde el homenaje a Rommel (al que se sumaron a última hora, urgidos por la presión popular y el miedo a hacer el ridículo) al diseño de las promociones, que no iban a hacerlas hasta que oyeron decir a Concepción en la SER que eran tan precisas como convenientes.

El testimonio de algunos exempleados y empleados del club me ha servido a lo largo de los años para afianzar la idea de que aquello por dentro es un caos lamentable. Lo más parecido a un club podrido por todos lados. Por eso me alegra la valentía de quienes estos días han hecho manifestaciones públicas rotundas para confirmar que las mejorías no son solo urgentes; son imprescindibles. Pronto probablemente comenzará la caza contra ellos a cargo de los periodistas a sueldo, como ya el verano pasado ocurrió contra los que se fueron decepcionados con Amador, Serrano y compañía. El problema es que seguiremos instalados en la apatía. La que provocan los dirigentes (y algunos empleados) que tienen al Tenerife oxidado y sin remedio. Ojalá la denuncia pública de que continúan anquilosados en el pasado valga para ver algún día una institución más moderna, más sensata y, en definitiva, más seria que sus acomodados "trabajadores". Por lo pronto, tan solo puedo mostrarles rechazo ante esta forma de empequeñecer al Tenerife. En vez de orgullo, me dan vergüenza.

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