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Tribuna Alta: 'Estados de ánimo', por Manoj Daswani

A lo mejor con estas líneas se sienten ustedes identificados conmigo (o a lo mejor no). Les cuento. Mi estado de ánimo respecto a los derroteros que ha elegido el Tenerife en las últimas semanas no es el más optimista ni tampoco el más feliz. Si ya el desenlace cruel de Getafe produjo en la afición severos síntomas depresivos, los acontecimientos que se sucedieron a continuación no paliaron la desazón, sino la agravaron.

A lo mejor a los aficionados y periodistas ‘aplaudidores de todo’ les cuesta comprenderlo –y les respeto, porque sé que ellos también desean lo mejor para el Tenerife– pero mi forma de entender este equipo, este club y este sentimiento es bien diferente. Crecí en los tiempos de Pérez, contemplando una obra deportiva fastuosa y gigante. Pensando en grande, mirando hacia arriba. Y mi manera de querer lo blanco y azul es deseando, reclamando y hasta exigiendo siempre lo mejor. Si puede ser, la excelencia.

Con el Tenerife no me valen las medias tintas. Es más, me produce sonrojo, enfado y a veces incluso rabia que las cosas se hagan tan mal como, por ejemplo, con la elección del inefable ‘spot’ de la campaña de abonos de este año. No es que lo hicieran mal adrede, pero por momentos hasta lo pareció.

Miguel Concepción, presidente del CD Tenerife, en la presentación de la Campaña de Abonos | @Jacfotografo

En el club se produce este verano una situación anómala en su trayectoria reciente. Las bajas no han sido por mal rendimiento, que era lo habitual en las últimas temporadas. Los jugadores se iban, pero por no haber cumplido con las expectativas que dibujaron sus respectivos fichajes.

En esta oportunidad muchos futbolistas también se marchan, pero porque lo hicieron tan bien (Aarón, Gaku, Lozano o Amath) que resultaron apetecibles para otros clubes de mayor rango y capacitación económica. A tales ausencias se sumó un discurso lastimoso de Serrano en una rueda de prensa inextricable, que jamás debió de convocarse, al menos bajo aquellos parámetros (se celebró a espaldas del entonces aún director general). No fue un baño de realidad, sino una invitación a la depresión. Como también la incomprensible espera para lanzar los abonos, que debieron estar listos nada más se produjo el recibimiento ejemplar en Los Rodeos.

La desilusión es mayor porque de los despachos también desaparecen la modernidad, la cordura y el entusiasmo que imprimió Víctor Pérez Borrego. En este caso también, se va por haber sido demasiado bueno. Quien no lo quiera ver, tiene un problema. Y sí, es una pena que así funcionen las cosas en el Tenerife. Por eso en estas fechas me rebelo ante la incompetencia, lamento que se tomen decisiones manifiestamente erróneas y que nuestro equipo camine fuera del sendero que debería. La crítica no es un capricho; es una necesidad cuando las cosas se hacen de esta manera. Tan mal, tan lejos del circuito de la unidad que propiciaron durante la segunda mitad del curso pasado las buenas sensaciones en el campo y fuera de él.

Ahora bien, creo que podremos volver a ilusionarnos. Confío en Martí, en que el consejo de administración sepa elegir al nuevo director general, por supuesto en el apoyo incondicional de la afición y en que Serrano añada en su particular listín de fichajes (lleva casi 75 para el Tenerife) más aciertos y menos desatinos. Soy de los que está deseando entusiasmarse. Y es ahí donde el espíritu de Los Rodeos ha de ser el punto de partida. Hay un montón de argumentos para que pronto lo logremos –el primero, la continuidad del mismo entrenador que casi nos permite abrazar el sueño del ascenso– pero también hay otros que se han enviado sin ton ni son a la papelera de reciclaje. Y es una pena que así sea. Criticarlo no me hace menos tinerfeñista; ocultarlo sí me haría un irresponsable.

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