Manoj DaswaniManoj Daswani

Tribuna Alta: “Efecto retardo”, por Manoj Daswani

Fue el año pasado un despropósito mayúsculo. Con todo a su favor –incluso el tope salarial, elevadísimo frente al de sus oponentes–, el Tenerife lo hizo todo del revés. Empezó por sacar de los despachos a Víctor Pérez Borrego, el hombre que había traído la paz social, la cordura en las decisiones y un talante inmejorable para abordar el ilusionante futuro que el club tenía por delante. No es casual que el equipo quedase cuarto en liga y se plantase en la final por el ascenso justamente la vez que mejor atmósfera tuvo en años. Desde los tiempos de Oltra no se palpaba tanto entusiasmo en torno a la pelota.

Pero no fue solo el inextricable cese de un director general óptimo y su reemplazo por otro que parece invisible. Es que la propia frustración por el no ascenso llevó a Miguel Concepción a un vicio ya olvidado: la falta de prudencia. Como cuando vaticinó que Las Palmas les haría pasillo y el Tenerife acabó bajando. Pues bien, en Barajas y el día después de la pesadilla de Getafe, fijó como objetivo el ascenso directo “para no sufrir otra vez el trance amargo de unos play off”. Doce meses después, hasta él habría firmado la clasificación para la promoción por los pelos. Undécimo, el equipo acabó desquiciado. Algunos futbolistas, por cierto, se cansaron de repetir que uno de los grandes males de aquel año había sido el exceso de presión. O sea, querer subir desde septiembre o creerse que iban a ser el Levante en la jornada dos, cuando el equipo se puso líder y disparó la euforia hasta límites increíbles (10.000 y pico abonados).

Joao y Serrano, en la presentación del colombiano como jugador blanquiazul |@jacfotografo

El caso es que todo salió mal: los fichajes nuevos no rindieron al nivel esperado, la enfermería se llenó de lesionados por causas aún no descubiertas, Martí no estuvo acertado, la directiva se equivocó en mantenerle mucho más de lo aconsejable y la afición se desquició. De hecho, se sintió estafada. Lo único bueno, que se ganó para la causa a un exfutbolista de nombre Etxeberria, que ya no conocemos solo por sus goles con el Athletic; ahora también, por sus dotes para los banquillos. Llegados a este punto, 12 meses después parece que llega con retardo todo lo que debió darse el año pasado: pocos fichajes y no una revolución; volver a generar un entorno favorable, tarea en la que se ha fajado Joseba hasta límites que aún se desconocen; un discurso firme y la renuncia pública al rol que en Segunda nadie quiere: el de favoritísimo, reservado –por este orden– para Málaga, Las Palmas y Deportivo. La incógnita, a día de hoy, es si el exceso de aspirantes hará imposible para el representativo colarse entre los elegidos. Se supone que la oportunidad de oro ya pasó… y se desperdició. Pero en fútbol nunca se sabe.

*Artículo publicado en La Opinión este 18 de agosto.

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