Récord sobre el barrizal

Los tópicos han contaminando al fútbol durante décadas. Aún siguen, a pesar de que los hechos, tozudos ellos, se empeñen en desmentir que “con diez se juega mejor que con once” o que “a entrenador nuevo, victoria segura”. De hecho, todavía hoy se asocia el contragolpe al Atlético Madrid, el potente juego aéreo al Athletic de Bilbao, el tacticismo al fútbol italiano o el ‘jogo bonito’ a la selección brasileña. En los años cincuenta, antes de que la actual globalización dejara sin identidad tanto a los equipos como a los países, los tópicos eran ley. Y esa estricta norma, de cumplimiento obligado, decía que el calor perjudicaba a los conjuntos del norte de España y que el barro era una rémora insuperable para los clubes canarios. Y punto.

El 20 de diciembre de 1953 el Heliodoro era un barrizal infame. Ese día, el Tenerife derrotó por 8-0 al Mallorca y logró la mayor goleada de su historia en Segunda División. Cuatro de los tantos los marcó Adolfo Bolea, un delicado interior que vivía de la técnica. Eso sí, antes de que la goleada llenara de felicidad a los aficionados blanquiazules, el miedo había invadido las gradas. Y el temor a una derrota se había adueñado de los seguidores locales a pesar de los antecedentes de un curso notable, en el estreno blanquiazul en las categorías nacionales: en sus dos apariciones previas ante su público, el Tenerife le había metido cuatro goles al Mestalla (4-0) y una manita al Hércules (5-2). Y un mes antes se llevó media docena el Melilla (6-1).

Ante el Mallorca, sobre aquel barrizal infame, el técnico blanquiazul Carlos Muñiz alineó a: Garatea; Chicho, Isidoro, Perla; Villar, Fernández; Tomás, Julito, Antonio, Bolea y Paquillo. A pesar de sacar su once de gala, los aficionados sentían que las opciones de éxito eran pocas y acudieron en escaso número al Heliodoro, embarrado por las insistentes lluvias caídas en la ciudad durante toda la semana previa. “Contra el Mallorca y contra el lodo”, anunciaba la prensa en la víspera. Eso sí, en las gradas debutó la Peña Refinería, que no paró de alentar al equipo con constantes riqui-racas. Y que tampoco paró de celebrar goles: nada menos que seis en el primer tiempo, obra de Bolea (7′), Antonio (10′), Bolea (30′), Antonio (34′), Julito (35′) y Bolea (44′).

La goleada, de hecho, pudo alcanzar aún mayores cotas. Pero Muñiz ordenó a los suyos en el intermedio que aflojaran el ritmo, pues no sólo ganaban por 6-0, sino que el rival se había quedado con diez jugadores al lesionarse su ariete Seguí tras un choque fortuito con Garatea en una época en la que sólo se permitía la sustitución del portero y estaban vigentes algunos conceptos de deportividad. A medida que se acercaba el final del choque, algunas muestras de desaprobación por parte de los aficionados hicieron que el Tenerife recuperara la ambición y completara el 8-0 definitivo gracias a los tantos de Bolea (72′) y Antonio (81′). Y todo ello sobre un barrizal sobre el que, según rezaba el tópico, los equipos canarios no sabían jugar al fútbol.

Pese a la evidencia de los hechos, muchos aún consideran esa afirmación como verdad absoluta.

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