Manoj DaswaniManoj Daswani

Pedro y Sergio

Pongámonos en sus pieles. La de un futbolista que lo ha ganado todo, que vive una segunda juventud, que tiene ofertas para ir donde quiera, que juega en la mejor liga del planeta y acaba de conquistar el único título que le faltaba. Y la de un jugador de baloncesto irrepetible, de condiciones estratosféricas, contratos millonarios y que ha tenido el privilegio (se lo ha ganado con creces) de elegir cada año dónde quería jugar.

Fama a raudales, millones en la billetera y un nombre muy común en ambos casos (Pedro y Sergio, ambos Rodríguez) pero que acompañados de su currículum bastarían para abrir el acceso VIP de cualquier reservado de cualquier rincón del continente.

Sin estridencias innecesarias y con la normalidad por bandera, estos deportistas de muchos ceros en su nómina y otros tantos en su cuenta de seguidores en Twitter no presumen de irse a las Seychelles ni se alquilan el Porsche más caro ni se pasean estos días por las discotecas de Ibiza o París. Este verano tampoco suben a Instagram las imágenes de la visita a un restaurante de los más caros de Londres ni a Facebook la estampa de su último tatuaje.

Vaya por delante que todo aquello (el lujo, la pompa y los tatuajes) no son ningún pecado. En realidad, son el denominador común en la vida de los demás deportistas de su estirpe.

Así que pongamos en valor lo que hace Pedro: llamar al hospital para saber qué les hace falta, comprar cunas a precio de coche de alta gama para que los niños internados vivan mejor, visitarles durante sus vacaciones, becar para su campus a menores en situaciones complicadas y jugar con ellos al fútbol, recibir la visita de equipos inclusivos para visibilizar su causa, firmar dos horas de autógrafos en una tienda de Arona, sacarse fotos con lugareños y turistas, despachar con los responsables de su Fundación y ver qué proyectos merecen la pena para el año que viene... y así, hasta completar una muy encomiable (y nunca bien reconocida) inversión de tiempo y dinero. Incluso habrá quien lo critique. Pero lo de Pedro merece un aplauso tan grande como su estatura humana.

Sergio tampoco se queda atrás. Les prometo que desconocía hasta qué punto se implicaba en su campus de verano. Pocos lo hacen tanto y tan bien. Su involucración sí que vale millones. Y encierra, en el fondo, una preocupación por el cuidado y amparo de las nuevas generaciones que vienen pisando fuerte. Ellos y ellas tendrán cerca en Rodríguez el ejemplo extraordinario que nunca tuvo él, pues fue el pionero y el que abrió el camino que ahora espera a los demás. Minuto a minuto, palmo a palmo, lo vi estos días acercándose y ocupándose de cada niño y cada niña que quieren ser como él. Con sus recomendaciones a mano, a tan solo unos pasos; y su disponibilidad sin límites, pensé estos días que será más fácil que haya nuevos Sergios en el baloncesto de Tenerife. Pueden corroborarlo los padres y madres de los críos que salieron del patio de La Salle con una sonrisa de oreja a oreja. Tan modélica ha sido la organización de su campus, que tan solo merece elogios.

Pedro y Sergio, Sergio y Pedro son dos tipos tan normales que abruma la naturalidad con la que viven su estatus de privilegio y la normalidad con la que lo expresan. "Trato de devolver todo el cariño que me dan", acertaba a decir el de Abades en la última entrevista que le hice. Como si en realidad estuviesen en deuda con nosotros cuando es al revés. Algún día valoraremos que en este mundo nos iría mejor con más tipos como ellos. Jornaleros del deporte, currantes de la generosidad y ejemplos de todo. Insólito y a la vez admirable, no está mal que lo recordemos. Aunque solo sea de vez en cuando.

MUTUA

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