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Manoj DaswaniManoj Daswani
El jugador de Iberostar Tenerife Nico Richotti / @jacfotografo

Nico

Cuando conocí la noticia, quise hacer como si no fuese cierta. Experimenté aquello que dice Iñaki Gabilondo, que las primicias que encierran malas noticias saben a hiel. Me negué a creerla mientras buscaba y rebuscaba en el teléfono movil -ya sin fe ni esperanza- alguna señal o indicio de que fuera falsa. En realidad, mi perplejidad era esta mañana la misma que la última vez que entrevisté a Félix Hernández el mes pasado, cuando no quiso garantizar la continuidad de nadie en el proyecto de la próxima temporada. Tampoco cuando le pregunté con insistencia por el capitán, que tenía contrato para un año más. Así que entonces empecé a sospechar lo que ya hoy era un adiós irreversible. Eran las once de la mañana y tenía frente a mí una de esas informaciones que nunca habría querido dar: Nico Richotti deja el Canarias. Y no por voluntad propia.

Nico Richotti se había convertido en algo más que un jugador de baloncesto. Se queda pequeño decir que era un símbolo, porque sus valores representaban mejor que nadie lo que significaba el club y toda su esencia. Tampoco sería justo quedarse solo con que fue un emblema, un icono o una señal de identidad. Porque en realidad era eso y también mucho más.

Testigo y partícipe de excepción del crecimiento imparable de la marca Canarias, él llevaba grapado el ADN del club. Y le envolvían banderas como la del compañerismo, la perseverancia, el tesón, el esfuerzo, la coherencia o el sentido común. Nunca nadie llevó a gala tan bien como él la naturalidad de ser un tipo importante. En realidad, el que más. Capitán y leyenda, ahora que se va, su camiseta con el cinco colgará en lo más alto del Santiago Martín y nos recordará para siempre que Nico Richotti defendió nuestros colores. Pero créanme, es extraña y contradictoria la sensación de que nos parezca poco cualquier reconocimiento para alguien tan grande, que abarca tanto y todo tan bueno.

Nico se va dejando huella. No le recordaremos solo por canastas imposibles o actuaciones memorables; ni por su larga colección de imágenes para el recuerdo en todos los vestuarios que el matagigantes Iberostar profanó bajo su liderazgo. Ahora y siempre se le valora más por su forma de ser y ejercer la capitanía; por su capacidad para engrandecer la imagen del club a través de las virtudes que proyecta; y también por haber enganchado a tantos descreídos del baloncesto con su garra y su magia a partes iguales. Porque no lo olvidemos. La élite nacional (y ya no digamos la internacional) eran realidades quiméricas que habíamos perdido en esta isla, parecía que para siempre, y las recuperó para Tenerife un Iberostar inmenso y donde -hasta hoy- fue Nico figura indispensable.

Nos duele a todos que su despedida no sea con una ovación atronadora del Santiago Martín, con lágrimas de emoción en sus ojos, los guarismos de una victoria en el marcador y la sensación de que se ha ido nuestra leyenda con todos los honores. Pero valgan estas palabras para testimoniar gratitud y admiración a un tipo grande. Es y será siempre uno de los nuestros: Nico Richotti jugó en el Canarias, defendió su escudo y lo dio todo por su camiseta. Así todos los días y durante un decenio entero. Fue un placer. Así que gracias, Nico. Y hasta siempre.

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