Martín Marrero (II parte)

Martín Marrero de la Cruz (Tenerife, 1945) dirigió al Tenerife en dos etapas. Lo hizo con casi diecisiete años de diferencia y en circunstancias completamente diferentes. Excepto Joseíto, que dirigió al equipo en el curso 65-66 y luego en la campaña 81-82. nadie ha entrenado a la entidad blanquiazul con un tan amplio lapso de tiempo en medio. A mediados de los años ochenta ejerció como primera opción de Javier Pérez, gozó de plenos poderes, le dieron continuidad, firmó un ascenso de categoría y le despidieron de forma intempestiva. Casi dos décadas después lo hizo como segunda elección de Pérez Ascanio tras la destitución de David Amaral, chocó constantemente con su jefe inmediato [Francisco ‘Lobo’ Carrasco], siempre tuvo un carácter provisional y, aunque los resultados fueron notables, apenas duró unos meses en el cargo. Eso sí, no le despidieron de forma artera. En realidad, ni le despidieron. Cuando todos esperaban su renovación, firmaron a otro entrenador: Pepe Moré.

Lo cierto es que el Tenerife estuvo a punto de firmar a otro entrenador desde el mismo día en el que Martín Marrero se estrenaba al frente de la expedición que viajaba hacia Almería, el 9 de enero de 2004. Unos días antes, una derrota en el Heliodoro ante el Sporting había precipitado el cese de Amaral y el nombramiento de su segundo, Martín Marrero, como técnico provisional… mientras Carrasco hacía gestiones y gestiones que nunca fructificaban. Un empate ante el conjunto andaluz le dio una semana más de vida, pero dos derrotas consecutivas ante Málaga B y Getafe provocaron que se intensificaran esas gestiones en busca de un sustituto. Cualquiera valía. De Mané a Víctor Muñoz. De Andoni Goikoetxea a Pepe Hadzibegic. Por suerte para la continuidad de Martín, las gestiones las llevaba a cabo Carrasco. ¿El resultado? El Tenerife no encontró entrenador. A cambio, sí pudo fichar a cinco jugadores en el mercado de invierno que le sirvieron para dar un salto de calidad a la plantilla. Por suerte –en este caso tanto para Martín como para el Tenerife– las gestiones no las llevaba el secretario técnico.

En su segunda etapa como preparador, Martín Marrero no ejerció como revulsivo inmediato. Todo lo contrario: en sus seis primeros partidos sumó cuatro puntos sobre 18 posibles. Y el equipo fue incapaz de marcar un solo gol. Su fecha de caducidad estaba escrita. Un tropiezo en el derby ante Las Palmas se traducía en una destitución segura. Hasta Carrasco –casi siempre inoportuno– anunció que estaba dispuesto a sentarse en el banquillo si no encontraba nada mejor en el mercado. Pero Rubén Castro incendió al Heliodoro con unas declaraciones despectivas, el Tenerife se llevó el clásico (2-0) y, aunque tardó un par de semanas más en abandonar la zona de descenso, encadenó una racha de once encuentros sin perder que le llevó al octavo puesto final. Y por el camino, el mismo Martín, que ya había pronunciado una sentencia que se hizo celebre (“El que quiera espectáculo, que vaya al cine Víctor”), dejó otra frase para la historia: “Hay que llegar al campamento base” (los 50 puntos que garantizaban la permanencia).  

Como premio, el Tenerife le mandó al paro y fichó a Pepe Moré.

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