Manoj DaswaniManoj Daswani
El jugador del CD Tenerife Aitor Sanz / @jacfotografo

Los apellidos del derbi

Siempre fueron diferentes a todo lo demás los partidos entre Tenerife y Las Palmas. Distintos a cualquier otro derbi de los que se disputan en España y con una idionsicrasia tan particular que los hace únicos. Pero también distintos uno del otro. No hay dos derbis iguales, así que resulta inútil que el periodismo busque anticiparse y pretenda bautizar el partido que viene incluso antes de que el balón pise el verde.

Nos cuenta la historia que casi siempre hubo que esperar al pitido final para que cada duelo fuese correspondientemente identificado y así lo registrasen los manuales de fútbol. Hay tan solo una excepción: el derbi del pasillo, que así quedó bautizado incluso antes de jugarse en Siete Palmas. Resulta que había cometido Concepción la osadía de pronosticar que su eterno rival podría hacerles la reverencia al campeón cuando se supo que les tocaría jugar contra ellos en la última jornada, pero aquel día no hubo más pasillo que el del Tenerife a Segunda B.

Cada derbi tiene su apellido. Se habla del derbi de la gota fría, que se aplazó por la animadversión climatológica, y que fue también el de Quique Medina, el último tinerfeño en anotar en territorio enemigo hasta que lo hizo Suso (de penalti) la última vez. O el de Rubén Castro por su incontinencia verbal, que llevó a la tropa blanquiazul a empapelar la caseta con sus erráticas declaraciones.

Está el derbi de Ayoze Pérez, pues fue suyo en exclusiva. Llegó, marcó, se exhibió... y al ratito ya estaba jugando en la Premier. O el de Pablo Sicilia, porque aún hoy se recuerda su gesto elegante de anotar, pero no celebrarlo.

Hay tantos apellidos como derbis se han jugado. El más reciente fue el de Carlos Ruiz, que se lo merecía. Su actuación superlativa ante Las Palmas tuvo un eco extraordinario en el camino hacia la salvación del representativo, pero fue también un ejercicio de redención (individual y colectivo) en una temporada de horrores más que de honores.

Demostrado está. La mayoría de las veces hay que aguardar al minuto 90 -incluso a la prolongación, que en ella marcó Marcos Márquez- y mejor es no hacer cábalas ni cálculos previos. Error de inexperto el de quien pretenda darse prisa y etiquetar ya desde el día antes el derbi que viene. Dicen que de capa caída, pues ambos equipos se presentan en precario -el Tenerife tras caer goleado y Las Palmas sin haber ganado- pero dispuestos los dos a ofrecer su mejor versión para salir espoleados a sus respectivos objetivos.

Sueñan en el Heliodoro con otra noche mágica, con alargar la sequía grancanaria de alegrías en Santa Cruz (¡van 18 años!), con que vuelva a emerger el coraje de Suso ante su partido fetiche o con la aparición de un héroe inesperado de los recién llegados. O la de Aitor, que también merece un derbi propio. En cambio ya imaginan y hasta visualizan en Las Palmas un derbi amarillo con sangre del Teide (por el ADN de Kirian o del mediático Pedri, del que todos hablan), un día plácido de Rubén o cualquier fórmula plausible para poner una pica en Flandes cuando más falta les hace.

No se apuren, que de nada valdrán presagios ni quinielas. Para etiquetar un derbi hace falta jugarlo. Y posiblemente nadie se acuerde el domingo de los que osamos en rebajar la dimensión del derbi por llamarlo tempranero, descafeinado o flojo. Insultos que casi parecen herejías. Es un derbi con fuerza. Siempre. Incluso si fuese intrascendente. La tiene, vaya si la tiene, que hasta las urgencias -que se supone que no existen en la jornada cuatro- podrían amplificarse para el perdedor. Hagan juego. Pero no apuestas, que los pronósticos los carga el diablo y se los lleva el viento. Al tiempo.

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