Los inmortales de Pepe López

Los inmortales de Pepe López

8 de octubre de 1980

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La historia nos dice que los inmortales eran el cuerpo de guardia de los reyes persas. Combatientes singulares de características físicas similares, fueron armados por el rey Ciro II en el siglo VI antes de Cristo. Imbatibles en la batalla, cuando uno caía en combate era sustituido por otro de su mismo aspecto físico, dando al enemigo la impresión de que jamás morían. Un siglo después, en la batalla de las Termópilas que el cine ha convertido en eterna, fueron los inmortales los que acabaron con los 300 espartanos que componían la guardia personal del rey Leónidas.

En la historia blanquiazul, los inmortales son: Álvaro; Diego, Manolo, Marrerín, Lolo; Paco, Alberto, Salvador; Chalo (Joseíto, 76’), Barrios (Kiko de Diego, 90’) y Lolín. Una aclaración: los trece son tinerfeños –o tinerfeños y gomeros, si nos ponemos estrictos– se convirtieron en inmortales el 8 de octubre de 1980, cuando en un Heliodoro en el que cabían 15.000 espectadores entraron veinte mil personas que dejaron ocho millones de pesetas en las taquillas. Y entre todos eliminaron de la Copa del Rey a la UD Las Palmas por primera vez en la historia.

La victoria ante el eterno rival llegó en su sexto enfrentamiento copero y el éxito se produjo pese a jugar durante una hora en inferioridad, después de que Damín Rendón expulsara a Paco por acumulación de amonestaciones. El reventón del Heliodoro tenía explicación previa: tres semanas antes, en el Insular, los mismos trece inmortales (aunque Kiko de Diego salió de inicio y Marrerín lo hizo en la segunda parte) habían alimentado el optimismo de la afición blanquiazul al empatar (2-2) en el feudo amarillo con dos goles del Tigre Barrios.

Aquel 8 de octubre, el Tenerife estaba obligado a ganar… pero no a remontar. Y al cuarto de hora se puso en ventaja cuando Chalo recibió un pase en profundidad de salvador, “el mejor jugador sobre el campo”, para batir a Clemot en su salida. El tinerfeño Jorge Fernández empató poco después para los amarillos, pero al filo del descanso, cuando los blanquiazules ya jugaban en inferioridad, Lolín establecía el 2-1 definitivo al convertir un penalti que él mismo había provocado. En la segunda mitad, con uno menos, el Tenerife se dedicó a esperar y el Heliodoro a disfrutar.

Consumada la eliminación del eterno rival, el presidente del Tenerife, José López Gómez, que de joven llegó a jugar en el equipo blanquiazul, entregaba a aquellos héroes “el diploma de inmortales, para que jamás se olvide esta gesta”. Y así, como gesta, podía calificarse que un equipo hundido en la Segunda División B y con uno menos sobre el campo superase en una eliminatoria a doble partido a uno de los notables de la Primera División, que acumulaba casi dos décadas de presencia ininterrumpida en la máxima categoría.

Desde entonces, ambos equipos se han vuelto a encontrar en otras tres ocasiones en Copa del Rey –y dos veces en la Copa de la Liga– y a veces con la supremacía regional en manos tinerfeñas. Pero la victoria nunca ha vuelto a sonreír a los blanquiazules, por lo que la leyenda de los inmortales sigue viva. En tiempos de penurias y encierros, la eliminación de la UD Las Palmas fue una de las pocas alegrías que recibió el aficionado blanquiazul. Los héroes de aquella noche, dirigidos por José Ramón Lamelo, bien merecen ser inmortales.

Al menos, como ocurría en Persia, hasta que les sustituyan otros inmortales.

Y además...

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