El ascenso de Nino

Muy probablemente estas líneas que tienes frente a tus ojos no las leerá nunca Nino, ajeno siempre a todo lo que el fútbol tiene de industria, a los pomposos elogios y a lo que trasciende el verde, que es su casa. Jornalero del gol, este almeriense de 40 recibe premio justo a su trayectoria modélica en el penúltimo renglón de su carrera. Dedicó su vida entera a dignificar el deporte y así es que le veneran -a partes iguales- todas las generaciones que disfrutaron de su estilo. Que fue exacta y precisamente no negociar nunca un esfuerzo, una carrera, un disparo ni una opción de peligro. Y así fue que le llegaron los goles. A granel, de todos los colores.

No será exagerado decir que el ejemplo de Nino es patrimonio del fútbol. Y que la victoria del Elche en el definitivo 'playoff' de ascenso a Primera -el más atípico de la historia- es también el triunfo grande de Nino. O sea, del fútbol. Nunca nadie representó mejor los valores más limpios de este deporte: el tesón, la humildad, la perseverancia y el coraje. Todos juntos los tiene el siete, que ha sido su número, grapado desde los inicios a un currículum que hace mucho tiempo ya tiene más goles que páginas.

Peinan canas quienes vivieron su llegada a la cantera del Madrid con tan solo 17 años; su estreno en Segunda, su fichaje por el Levante, su época dorada en el Tenerife, su catálogo de goles en el Heliodoro, el inicio de su idilio con Montilivi y todos los episodios gloriosos que vinieron después, los últimos en su jardín del Martínez Valero. Quisieron jubilarle en vano tantas veces que ahora ya nadie se atreve a pronosticar su adiós al fútbol, o sea al gol, que en el caso de Nino son precisamente lo mismo. A él que tanto y tan bien honró su deporte le estaba reservado un epílogo escrito a jirones de épica, como solo él se merecía. En el marco de una promoción a la que entró su equipo con total justicia pero de la forma más inesperada, después de una espera larguísima y tensa espera hasta lograr disputarla, empezar a ganarla con un gol suyo en la eliminatoria con el favorito Zaragoza y, al fin, explotar en Girona la traca final en el 95.

Nino, leyenda de Segunda, es en realidad futbolista de Primera. Siempre lo fue. Por talento, liderazgo, constancia y galones. Un futbolista con letras mayúsculas al que corresponde elegir cómo cerrar su círculo perfecto. "Me iré cuando haya dicho mi última palabra; no cuando el fútbol me haya retirado a mí", me confesó hace algunos meses. Lo haga como lo haga, será con la gloria de un ascenso del que nos alegramos todos los que admiramos a Nino. Ese ha sido su gran triunfo. Que su carrera sea un ejemplo; que su alegría (merecida) sea también la alegría de todos.

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