La ‘barrida’ electoral de Pérez

CORAZON_DE_ESCAMAS

Menos de cuatro años después de la llegada al Tenerife de la denominada Alternativa Blanquiazul, con Javier Pérez a la cabeza, la entidad convocó elecciones a la presidencia. Lo hizo con el equipo en Primera División tras encadenar dos ascensos de categoría casi consecutivos… pero con aquella Alternativa Blanquiazul que había sacado a la entidad de las catacumbas partida en dos e irremediablemente dividida. Las discrepancias personales habían pesado más, mucho más, que los éxitos deportivos. Y a los comicios se presentaron dos planchas fácilmente identificables.

Una la formaban los ‘leales’ a Javier Pérez, en la que, además del presidente, estaban Eugenio Ibáñez, Adelardo de la Calle, Francisco Romero, Rafael Pérez-Alcalde o Juan Amador en sus puestos más destacados. Los ‘escindidos’ presentaban a Sergio Batista como candidato y en cargos sobresalientes a excompañeros de viaje de Pérez que luego, durante décadas de imposible reconciliación, pese a algunos intentos oficiales de acercamiento, constituirían la perenne oposición blanquiazul: Teófilo Bello, José Felipe Concepción, Manuel Abreu, Cristóbal Hormiga o Paco Moreno.

En el plano deportivo, el equipo había encadenado dos ascensos en tres años. Y después de casi tres décadas de ausencia, había regresado a Primera División. Además, la amenaza de ruina, los impagos y los encierros habían dejado paso a una época de bonanza económica. Y el Heliodoro volvía a llenarse semana tras semana, muestra del apoyo social que tenía la entidad. En principio, en un ámbito como el fútbol, en el que pesa más la figura del presidente que los ‘equipos’, no tenía que haber color. Y aunque al final no lo hubo, la ‘campaña’ fue sucia y estuvo llena de acusaciones.

No había razones objetivas para que peligrara el triunfo de Pérez, pero el club vivía tiempos convulsos, pues, en su camino hacia la cima, Pérez había dejado ‘cadáveres’ en el camino. Y la convocatoria de elecciones hizo que se abriera la caja de Pandora. La marcha del equipo, en la zona baja de la clasificación, no ayudó al sosiego. Y el relevo en la dirección técnica –Azkargorta en lugar de Miera– en pleno proceso electoral y sin el visto bueno de Pérez tampoco lo hizo. El ‘episodio de la grabadora’, cuando Pérez quiso registrar una conversación privada con el capitán del equipo, David Amaral, no fue el peor de los ocurridos.

La víspera de la votación aún hubo movimiento: el presidente accidental, Pedro García-Sanjuán, denunciaba a Batista por haber declarado que contaba con su apoyo, “cuando esta junta gestora es absolutamente imparcial”. Y el día de los comicios, el 12 de marzo de 1990, debió verse una demanda presentada por un socio que pedía la anulación de la convocatoria “por irregularidades en la elección de los socios que forman la junta electoral”. Al final, de los 3.955 socios con más de un año de antigüedad, lo que eliminaba del censo a los que se habían abonado al calor del ascenso a la élite, apenas acudieron a las urnas 1.711.

De ellos, 1.393 (81,4%) dieron su apoyo a Pérez, mientras 290 (16,9%) votaron por Batista, registrándose cinco votos en blanco y 23 votos nulos. Una ‘barrida’. Pero ni así hubo paz.

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