Guina y el gol del enfado
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Guina y el gol del enfado

4 de diciembre de 1988

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Aguinaldo Gallón, Guina (Brasil 1958) fue un delantero notable que llegó al Tenerife reconvertido en centrocampista ofensivo en el verano de 1987. Tras ser máximo goleador del Campeonato del Mundo Juvenil de 1977 y brillar en el Vasco de Gama, Guina fichó por el Real Murcia, al que llevó en dos ocasiones a Primera División. Luego se marchó a Os Belenenses, de la liga portuguesa, y de ahí lo repescó un club que de la mano de Javier Pérez y Martín Marrero había regresado a Segunda División. El Heliodoro, como es práctica habitual, lo acogió con recelo: no era un ‘crack’ y estaba a punto de cumplir los treinta años. Además, en su primer curso dejó más intermitencias que fútbol.

En su segunda temporada en la Isla, ya con Benito Joanet en el banquillo del Heliodoro, adquirió un papel relevante. Y elevó al máximo su acierto en las acciones a balón parado. En la primera vuelta, tras un inicio liguero titubeante y sufrir una goleada (4-0) en Jerez, el grupo había encadenado tres victorias consecutivas. Las dos últimas, en un doble desplazamiento a Cataluña. Y con protagonismo estelar de Guina en la lograda ante el Barcelona Atlético (0-3) en el Miniestadi. Aquel día, ante unos jóvenes Ferrer, Tito Vilanova, Amor y Pinilla, el brasileño le marcó dos goles de falta directa a Angoy. Uno desde veinte metros y otro desde treinta metros. Y en ambos casos puso el balón en la escuadra.

Una semana después, en el Heliodoro y con el Tenerife en la tercera plaza, el conjunto dirigido por Joanet recibía al Castellón, que un mes antes había saldado su visita a la Isla en partido de Copa del Rey con derrota y con trifulca. El choque liguero, jugado el 4 de diciembre de 1988, llevaba el mismo camino en lo referente a los incidentes: dureza, faltas, errores arbitrales… Joanet alineó esa tarde a: Belza; Herrero, Quique Medina, Lema; Isidro, David (Toño, 75’), Guina, Mínguez (Luis Delgado, 80’); Víctor; Perico Medina y Rommel. Y en medio de patadas y entradas alevosas, a los 20 minutos llegó la expulsión de Raúl por un salvaje codazo a Guina, al que nada le salía bien y recibía por todas partes.

Pese a la superioridad numérica local, el marcador no se había movido tras casi una hora de partido. Para entonces, Guina ya había sido amonestado y se había ‘marchado’ del partido, harto de recibir patadas, sufrir provocaciones y fallar pases. Una falta intrascendente en el círculo central casi le saca de sus casillas cuando vio que el rival amenazaba con poner barrera, una ‘provocación’ tras sus dos goles en el Miniestadi en una acción que recomendaba un balón ‘a la olla’ en busca de la cabeza de Rommel. “Si ponen barrera, le arranco la cabeza a uno”, le dijo a un compañero. A más de 40 metros de la portería, la acción no ofrecía peligro, pero el Castellón formó una ‘mini-barrera’ con dos jugadores.

Sólo Guina sabe dónde apuntó. Lo que sí saben los 14.000 espectadores que acudieron al Heliodoro es que el balón, convertido en misil tierra-aire, entró por la escuadra de Emilio tras un zapatazo imponente. “Guina sólo le pegaba a romper cuando estaba cabreado”, recuerda ahora, casi tres décadas después, aquel compañero de confidencias. Esa tarde ante el Castellón supo convertir el enfado en gol. Y así puso la primera piedra de una victoria (2-0) que selló Toño a poco del final. Y que dejó al Tenerife líder y camino de un ascenso inolvidable.

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