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Gol olímpico de Simutenkov

Dicen los expertos que el ser humano se mueve por esperanzas inexplicables. No hay razones lógicas, ni matemáticas que inviten a pensar que este año, por fin, nos tocará la Lotería de Navidad. Pero ahí estamos, cada mes de diciembre, comprando décimo tras décimo, seguros de que sí, de que esta vez sí tendremos premio. Y sin argumento alguno también confiamos en que, alguna vez, un banco se equivoque a nuestro favor. O en que una compañía de telefonía móvil sea capaz de atender una petición de baja de forma diligente y rápida.

El aficionado blanquiazul no es una excepción y, en coincidencia con el cambio de siglo, también esperó más de mil días y sus correspondientes noches por la explosión de Igor Vitalyevich Simutenkov (Rusia, 1973). El delantero moscovita lo tenía todo para triunfar. Con 18 años era titular en el Dynamo de Moscú y tres años después lo designaron mejor jugador de su país y se proclamó máximo goleador de la liga rusa, con 21 tantos en 28 partidos. Iba para crack mundial y lo fichó la Reggiana, de la primera división italiana.

Era un tiempo, conviene decirlo, en el que cualquier equipo transalpino de nivel medio le robaba jugadores al Madrid o al Barcelona. Y por eso el calcio monopolizaba las estrellas del fútbol mundial. Y Simutenkov apuntaba a crack. Tal vez le faltara alma, pero tenía todo para triunfar: era rapidísimo, ofrecía precisión a alta velocidad, regateaba bien, disparaba con las dos piernas, no iba mal de cabeza, tenía notable calidad técnica pero nunca explotó. Ni durante las cinco temporadas que permaneció en Italia, ni en los tres cursos que estuvo en Tenerife.

Al Heliodoro llegó con la edad ideal (26 años) y el estado de forma preciso. Llegó al Tenerife con Mauro Sandreani en el banquillo y el equipo en Segunda División. En los entrenamientos mostraba detalles de su potencial. Y en los pocos partidos que jugaba exhibía destellos de figura. "Ya verás cuando explote Simutenkov", se consolaba la parroquia. No lo hizo con Sandreani ni con Castro Santos. Y tampoco con Ángel Cappa, Rafa Benítez, Pepe Mel o Javier Clemente. O lo que es lo mismo: no explotó en un club convulso, con seis entrenadores en sólo tres temporadas.

Eso sí, ofreció un tanto decisivo ante el Atlético de Madrid B, una exhibición antológica en apenas 45 minutos contra el Superdepor en Copa del Rey y un inolvidable gol olímpico. Se lo hizo al Córdoba el 12 de noviembre de 2000 y sirvió para que el grupo dirigido por Benítez sumara su cuarta victoria consecutiva y se consolidara como líder.

Aquel domingo, con 14.000 espectadores en el Heliodoro, el delantero ruso sustituyó a Hugo Morales a diez minutos del final y, tras chocar palmas con su compañero, se fue directamente de la banda al banderín de córner. Allí colocó el balón con mimo, le dio la rosca precisa y superó a Leiva por alto. Gol olímpico y ovación de gala. Meses después festejó en el césped el ascenso en Leganés. "En Primera División, con más espacios, se va a salir Simutenkov", pronosticó entonces el seguidor blanquiazul. Jugó nueve partidos y sólo uno como titular. Y se marchó a los Kansas City Wizards de la liga profesional estadounidense. "Ya verás que ahí va a explotar Simutenkov", decía aún los aficionados. Y es que dicen los expertos que el ser humano se mueve por esperanzas inexplicables.

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