Final ruinoso, por Manoj Daswani

El fin de temporada del Tenerife es lo más parecido a una pesadilla que nadie podía imaginarse hace tan solo unas semanas. Tiene un poco de suplicio, otro poco de ruina y también es una pena.

Suplicio, porque es intolerable que un proyecto que nacía con aspiraciones de ascenso (directo) acabe con cuatro jornadas intrascendentes, insípidas, que no merece ninguno de los aficionados que creyó en los dirigentes del club y retiró su abono con la ilusión de que no le fallarían. Van a ser una tortura los partidos que faltan. Vacíos de alicientes, un trámite tras otro. Y lo que es peor, con la sensación de que los jugadores se han dejado ir, como se vio el sábado contra el Almería.

El final de campaña es también una ruina. Sí, porque se ha tirado por la borda una oportunidad histórica en todos los sentidos. Con un tope salarial inflado por la cooperación política y la clasificación del curso pasado, que disparó los ingresos por TV y taquilla, el Tenerife no podía permitirse caer tan bajo. Undécimo, sitio impropio para una entidad que debería instalarse en la ambición, no en el conformismo de quienes niegan el desastre.

Y es una pena. Porque tiraron el espíritu de Los Rodeos por la borda. Echaron por tierra todo lo conquistado en un año que resultó tan solo un oasis maravilloso en una trayectoria decadente, la de un club que tan solo se ha asomado a Primera una vez en los últimos 15 años. Quien no quiera admitirlo -o pretenda disimular el fracaso- tiene un problema serio. No hay peor ciego que quien no quiere ver.

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