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Los jugadores del CD Tenerife celebran un gol / @jacfotografo

Felicidad extrema

La apoteosis fue total. Que un derbi puede salvar una temporada entera lo demostró el Tenerife en un golpe racial que le valió para una increíble remontada. Solo desde la fe se entiende la heroica reacción del equipo blanquiazul, que estaba aturdido sobre la lona cuando le hizo resucitar un testarazo sublime de Carlos Ruiz (héroe del clásico con mayúsculas) y un gol milagroso de José Naranjo, héroe inesperado. Ha sido un año durísimo pero la fiesta del Heliodoro supo a redención y a liberación. Del sufrimiento al éxtasis, el viaje fue inolvidable.

La victoria no fue fácil. Más bien al contrario, parecía imposible ganar cuando comenzó el clásico con pésimas sensaciones. Daba la impresión entonces de que tampoco el derbi, partido grande por antonomasia, había traído del Tenerife su mejor versión. Fue un horror la primera mitad, en la que naufragó víctima del pánico y de su ansiedad clasificatoria el conjunto de Oltra, que se desgañitaba desde el banquillo ante el curso de los acontecimientos.

El técnico había elegido la fórmula de Extremadura -entonces quedó conforme con el rendimiento de los suyos- para reproducir el asedio al que los suyos sometieron al rival en Almendralejo. Pero el partido fue de color amarillo al inicio, con un claro gobierno de la situación por parte de la Unión Deportiva. Perdonaron entonces; lo pagaron luego.

Al Tenerife se le veía lento, impreciso, con las líneas separadas, ni gol ni rumbo. Solo un par de ocasiones de Nano (la primera tras recibir un buen pase en la raya de meta y la segunda, un tijeretazo que se marchó fuera) interrumpieron casi un mónologo de Las Palmas. Jugaba en permanente zona de confort el cuadro de Mel, que apostó por dejar intacta su apuesta triunfal ante el Lugo, con un portero joven pero con un aplomo imponente. El único cambio fue el que significó la elección del veterano David para cubrir al lesionado Aythami.

En 45 minutos, el Tenerife se cargó con más amarillas que ocasiones de gol. Pero el panorama pudo ser aún más aterrador si el árbitro -tan nervioso como el representativo- acierta a cobrar como debía una acción a destiempo de Mauro, al que salvó de la expulsión antes del intermedio. Así que en el ecuador del partido, la mejor noticia era el empate (0-0).

Tocaba reaccionar pero Oltra iba a dejar los cambios para más adelante. Su equipo no estaba demostrando -ni mucho menos- que era el que más se estaba jugando en el clásico canario y había que buscar remedio. Con urgencia. En todo caso, las permutas tardaron en producirse. Antes, Malbasic dispuso de un buen tiro que repelió Josep. También hubo una amarilla para Timor por una falta a Milla. Eran buenas señales de un giro en el relato de la contienda. Hasta anuló el árbitro un gol a Malbasic que ya celebraba el Heliodoro, que no se había percatado del fuera de juego (claro) en el remate previo de Mauro.

Se habían consumido apenas seis minutos de la reanudación cuando salía el central argentino y entraba Carlos Ruiz, ovacionado por el graderío en el que posiblemente fuera su último clásico. Aún no sabía que sería el suyo el gran nombre propio de la noche. Para entonces ya jugaban los locales con una marcha más, lejos del colapso general de los primeros 45 minutos. Lo que iba a cambiar el derbi de forma definitiva es la expulsión de Timor, hombre clave en el engranaje de Mel. Se quejaron en la acera amarilla porque aún recuerdan que también debió irse con roja Mauro, pero la doble amonestación al ex del Girona era y es inapelable.

Con más de media hora por delante, intentaría irse al abordaje definitivamente el Tenerife mientras Las Palmas ganaba músculo con un cambio lógico (Peñalba por Bloom). Nadie podía presagiar que cuando la partida era de once para diez, más se cerrarían las vías de paso en el camino hacia Josep. Y que para colmo de males llegaría un gol que enmudecería el Heliodoro. Lo firmó Cristian Cedrés, finalizador inesperado en el rechace que dejó Dani ante el chut venenoso de Araujo desde el balcón del área.

El delantero del CD Tenerife Malbasic / @jacfotografo
La secuencia desgraciada del gol hacía ladearse el partido del lado de la UD. Atolondrado, al representativo le costó recuperar el pulso de la contienda y se abocó a un sufrimiento extremo. Del que iba a rescatarle quien menos se esperaba: Carlos Ruiz, que se erigió en goleador tal vez porque era el que más lo merecía. Anotó de cabeza pero marcó con el corazón. Así libró a la afición del castigo de la derrota, que no daba crédito al desenlace de locura que aún estaba por escribirse.

Impulsado por su propia multitud y a velocidad de vértigo, se fue el representativo a por el gol de la remontada como si no hubiese un mañana. Llegó Naranjo desde el banquillo para provocar el éxtasis, el delirio... y la victoria. Fue apoteósico. Una de las grandes noches del Heliodoro. Vivir para ver, resucitó el Tenerifito cuando se mascaba su debacle.

CAJA_SIETE

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