Escándalo en Mollerussa

Escándalo en Mollerussa

9 de octubre de 1988

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El CFJ Mollerussa ascendió a Segunda División por primera vez en su historia en el verano de 1988. Tras medio siglo en las categorías regionales, tres temporadas en Tercera División le bastaron para dar el salto a Segunda División B. Y un único curso en la categoría de bronce fue suficiente para acceder al fútbol profesional. Representante de una modesta población catalana situada a veinte kilómetros de Lleida y que entonces tenía menos de 10.000 habitantes, jugaba sus partidos en el Municipal d’Esports, un coqueto campo de césped artificial inaugurado en 1968 y que experimentó una urgente ampliación para poder albergar a casi cinco mil espectadores, con más de dos mil localidades de asiento.

El Mollerussa era, en definitiva, lo que el tópico designa como un equipo modesto. Y que tras la disputa de cinco jornadas era último, con un punto. Pero no desentonaba: había caído por la mínima ante los gallitos de la categoría y con arbitrajes adversos. La afición no había desertado y el 9 de octubre de 1988 se rozó el llenó el Municipal para recibir a un Tenerife que venía de perder (1-2) en el Heliodoro ante el Recreativo y que tenía a su entrenador, Benito Joanet, en la cuerda floja. Los canarios sumaban un negativo y sobrevivían gracias a los cuatro penaltis que había transformado David Amaral en estas cinco jornadas iniciales. Eran la víctima propicia para lograr una victoria histórica.

Joanet se jugó la continuidad con: Belza; Toño, Quique Medina, Herrero (Pedro Martín, 46’), Lema, Luis Delgado; David, Guina, Mínguez; Perico Medina y Rommel (Víctor, 68’). Pero los nervios atenazaron a los blanquiazules y, antes de la media hora, Antonio aprovechó un balón suelto en el área y batió a Belza. Panadero Martínez concedió el gol… y luego se arrepintió. Y la grada, claro, empezó a ‘mosquearse’. Con el árbitro, no con el Tenerife. La afición local sólo recuperó la alegría instantes antes del descanso, cuando Lara superó a Belza y estableció el 1-0 provisional… aunque, en pleno festejo, el colegiado rectificó y anuló el gol. Tan solo el estupor de la grada permitió a Panadero Martínez acceder vivo a su vestuario.

Los ánimos ya estaban caldeados, pero se ‘encendieron’ aún más cuando, al inicio de la segunda parte, Rommel Fernández cabeceó un centro de Luis Delgado e hizo el 0-1, que esta vez no fue anulado. Por eso, aunque caía la
tarde, subía la temperatura. Mediado este período, el Mollerussa pudo empatar con un disparo de Leiva que, con Belza batido, Toño interceptó con acierto. Con las manos, eso sí. Un ‘paradón’ en toda regla. Si se observa ese matiz y que el árbitro no sancionó el penalti, se puede entender –que no justificar– la virulenta reacción de los aficionados locales. Uno de ellos tiró una piedra que impactó en un juez de línea, mientras muchos trataban de
acceder al césped. Se presume que con malas intenciones.

Quedaban veinte minutos, pero Panadero Martínez optó por preservar su salud: huyó y suspendió el choque cuando la afición local iba a por él. En plena confusión, los jugadores blanquiazules imitaron al colegiado y accedieron a
los vestuarios. Dos semanas después, el Comité de Competición dio el 0-1 como resultado definitivo y el Tenerife inició una lenta recuperación que meses después le llevaría a Primera División. El Mollerusa se despediría para siempre del fútbol profesional ganando sólo tres partidos, aunque uno fue al Barcelona Atlético (1-0) y otro el ‘derbi’ ante el Lleida como visitante (1-2). En un lustro regresó a las categorías regionales y en la actualidad milita en la Primera Catalana.

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