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El primer ‘crack’ mediático

Rubén Cano forma parte de la historia del fútbol español gracias a un remate en semifallo y con la espinilla. Eso sí, fue gol. Y fue un gol épico. Se lo marcó a Yugoslavia en el pequeño Maracaná de Belgrado en medio de una cacería infame que vista hoy causa pavor. Y fue el gol que le dio a España la clasificación para Argentina 78 cuando en España se celebraban las clasificaciones para un Mundial. Y con razón: aquel gol suponía el regreso de la roja a la fase final de una Copa del Mundo tras doce años de ausencia. Un lustro más tarde, un 17 de enero de 1983, el héroe de Belgrado, Rubén Andrés Cano Martínez (Argentina, 1951) era presentado como jugador del CD Tenerife y realizaba su primer entrenamiento a las órdenes de José Ramón Fuertes ante ¡más de tres mil espectadores! que llenaban la vieja grada de Tribuna y numerosos medios de comunicación, “algunos llegados desde la Península”.

Campeón de Liga con el Atlético Madrid, internacional y mundialista, Rubén Cano había jugado ocho temporadas en Primera División en las que había marcado 94 goles. Y hasta el verano anterior había militado en el 'Atleti'. Más allá de sus treinta años, una edad importante pero no prohibitiva para jugar en la élite, ¿cómo era posible que aquel crack acabara en Segunda B? La razón estaba en una agria polémica con Alfonso Cabeza, célebre doctor que entonces presidía al conjunto colchonero y que logró pelearse con medio mundo. Tras seis meses sin jugar, aceptó la oferta que le presentó el Tenerife, que presidido por Pepe López luchaba por el ascenso a Segunda División. Y aunque el tiempo ha hecho que sea recordado por los encierros, las multas y sus desencuentros con el presidente, lo cierto es que su rendimiento como blanquiazul fue aceptable: en dos temporadas y media jugó 63 partidos de liga y marcó 30 goles.

Debutó a la semana de llegar a la Isla, pero no marcó hasta la vigesimosexta jornada, al transformar un penalti en la victoria (2-5) ante el Reus Deportivo. Luego le hizo un 'hat trick' al Binefar y acabó el campeonato con doce tantos, uno de ellos en la goleada (6-0) al Compostela que sirvió para festejar el ascenso. Ya en la categoría de plata sus cifras fueron dignas: trece goles en la Liga 83-84 y cinco en la campaña siguiente, cuando estuvo apartado del equipo después de que se le abriera un expediente disciplinario (al igual que a Paco y Lasaosa), lo que provocó el encierro de la plantilla en el Heliodoro. Enfrentado a Pepe López, en el verano de 1985 abandonó la Isla y fichó por el Rayo. En Vallecas, en un recién ascendido a Segunda División, se vengó de aquel dirigente: con dos goles, Rubén Cano fue el encargado de certificar el descenso matemático del Tenerife a Segunda División B en la antepenúltima jornada de la Liga 85-86.

Una semana después, José López Gómez abandonaba (para siempre) la presidencia de la entidad. En ese curso hizo 16 goles y fue el quinto máximo goleador de la categoría. Y demostró que con 35 años, la melena desordenada, su eterno aspecto desgarbado y las medias caídas, aún era capaz de hacer goles.

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