El cese de Martín Marrero

La fama de club irredento que arrastra el Tenerife desde hace décadas no es gratuita. Lo ocurrido hace ahora treinta años es un ejemplo. Porque, aunque cueste creerlo, apenas un par de meses después de lograr un ascenso a Segunda División, la crispación se adueñaba del Heliodoro. El Tenerife 86/87 había desarrollado una temporada ejemplar con Javier Pérez en la presidencia y Martín Marrero en el banquillo: había logrado acceder a la categoría de plata con un equipo plagado de canarios y, al tiempo, había reducido notablemente la importante deuda económica que dejó José López Gómez.

Sin embargo, ya se ha dicho, un par de meses después no había buen ambiente alrededor del club. El equipo iba bien clasificado y no acusaba en exceso el salto de categoría: tras seis jornadas, ayudado por una milagrosa victoria en Málaga, era duodécimo y contaba con seis puntos, sin positivos ni negativos. Sin embargo, un empate (3-3) ante el Granada desató las iras de los aficionados. Al enfado de la grada también colaboró un corte de mangas de Peio Aguirreoa, el portero blanquiazul, tras recibir el tercer gol de los andaluces cuando el partido agonizaba y la victoria se daba por segura.

El encuentro fue raro. Tras un choque cómodo que ganaba 2-0 en el descanso, el Tenerife se dejó empatar a dos; luego, se puso por delante en el último
minuto y, ya en la prolongación, los visitantes empataron al convertir una falta lejana que se comió Aguirreoa, quien respondió con un corte de mangas a los silbidos del público. Y aunque el portero matizó que su gesto "iba dedicado a un espectador concreto que siempre me insulta desde la grada", la directiva le abrió expediente. Pese a todo, Aguirreoa jugó el domingo siguiente en El Plantío, donde el Tenerife perdió (2-1) ante el colista Burgos, lo que acabó por enrarecer el ambiente.

Pero nada hacía presagiar que el partido de ida de la cuarta eliminatoria de Copa del Rey ante el Barcelona Atlético fuera vital para la continuidad del entrenador. El equipo jugó mal y Martín Marrero dio descanso a algunos titulares (Aguirreoa, Campello, Guina o Víctor Celso), pero dispuso un conjunto competitivo: Celestino; Toño, Pedro Martín, Sirvent, Camacho; David (Salvador, 70'), Mínguez, Eduardo, Luis Delgado; Chalo (Julio Suárez, 58') y Rommel Fernández. Eso sí, el filial azulgrana (que tenía a jugadores como Serer, Amor o Milla) fue superior y ganó con justicia. Y Pérez dijo estar "muy molesto".

La derrota (0-1) ante el Barcelona Atlético no era definitiva porque aún quedaba el partido de vuelta, pero al día siguiente, 30 de octubre de 1987,
a Javier Pérez no se le había pasado el enfado. Y convocó a la junta directiva en reunión urgente. No hubo unanimidad, pero se acordó cesar en el cargo al primer entrenador, Martín Marrero de la Cruz. Sin sustituto tanteado, pues en el club no se había barajado siquiera la opción de prescindir de Martín, tuvieron que ser Justo Gilberto (ayudante) y Ñito (entrenador del filial) los que se hicieron cargo del equipo durante dos semanas, hasta que llegó Pepe Alzate.

Y de esta forma no sólo se consumó la destitución de Martín Marrero, la primera de la 'era Pérez', sino que se generó una fractura en la directiva que con el tiempo daría paso a una rotura. Y con los años hasta se abrió en el tinerfeñismo una herida que, tres décadas después, aún no se ha cerrado del todo.

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