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Carnaval y rezos de El Gharef

Moulay Hachem El Gharef (Marruecos, 1965) llegó al Tenerife mediada la temporada 88-89 tras una gestión realizada por Ñito. Era un elemento extraño que provenía de un fútbol menor y que podía turbar la paz de un equipo que, contra todo pronóstico y bajo la dirección de Benito Joanet, peleaba por ascender a Primera División. El recién llegado tenía todas las papeletas para ser mal recibido, pues además venía recomendado por un directivo, Eugenio Ibáñez. Pero eso nunca ocurriría en el que, casi tres décadas después y en palabras de todos sus componentes, “ha sido el mejor vestuario del que he formado parte”.

La labor de integración de El Gharef se completó el 6 de febrero de 1989, lunes de Carnaval, aprovechando que al día siguiente no había entrenamiento después de un fin de semana sin fútbol. El jugador entonces vivía solo y se disponía a acostarse al filo de la medianoche cuando un grupo de compañeros, “una media docena”, apareció por su habitación del hotel Pelinor para invitarle a que conociera las bondades del carnaval chicharrero. Además, le hicieron ver que las opciones de dormir en un establecimiento situado en plena calle San José, a pocos metros de la Plaza de España, eran más bien escasas.

Así que, minutos más tarde, tras una “muy leve resistencia”, Moulay salía a la calle ataviado con un improvisado disfraz, una mezcla típica de esas noches: iba vestido mitad de mujer despampanante con tacones y mitad de chacha con cofia. Cuando se apaña un disfraz a toda prisa, suele ocurrir. Y con ese aspecto descubrió lo que es (o lo que era) Santa Cruz en Carnaval. Y sus compañeros descubrieron a un tipo encantador que venía dispuesto a sumar y que no reclamaba protagonismo alguno. Además, también se percataron del 'aguante' de El Gharef, aunque el centrocampista marroquí tenía la ventaja de no probar el alcohol.

Ya a punto de amanecer, cuando el grupo se disponía a degustar un reparador chocolate con churros, Moulay emprendió la retirada. “Me voy al hotel”, les dijo. Pero tras avanzar un par de pasos, dio media vuelta y les advirtió: “Pero ustedes no se muevan de aquí, eh, que en cuanto acabe de rezar, vuelvo”. Menos de una hora después, tras cumplir los preceptos de su religión, El Gharef estaba dispuesto a dar más 'batalla'. Y es que durante su etapa en la Isla, Moulay no sólo se comportó como un excelente compañero y un gran futbolista. También demostró ser un devoto musulmán. En ocasiones, en exceso.

Para el recuerdo queda el día de su debut como titular en el Heliodoro, ante el Mollerusa. Esa tarde, tras el preceptivo calentamiento y las últimas consignas en el vestuario, el Tenerife saltó al campo con su 'diez' inicial. Han leído bien. Así, cuando se disponían a posar para los fotógrafos, cada futbolista con sus manías [Lema en una esquina y mirando hacia afuera, Quique Medina agachado…], se dieron cuenta de que faltaba un futbolista: El Gharef. El delegado, Manuel Abreu, fue corriendo al vestuario y allí lo vio. Concentrado en su rezo, se había olvidado del partido. Luego salió y metió un gol.

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