“¡Árbitroooooooo, penaltiiiiiii!”
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“¡Árbitroooooooo, penaltiiiiiii!”

8 de diciembre de 1973

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El Tenerife 73-74 ocupaba la zona noble de la clasificación de Segunda División. Pese a la estrepitosa derrota (3-0) sufrida el fin de semana anterior ante el Rayo en el exilio franjirrojo de Vallehermoso, el grupo que dirigía Dagoberto Moll era séptimo en la clasificación, a sólo dos puntos de los puestos de ascenso. Y tras un miércoles copero saldado con goleada (4-0) al Lérida (aún no era el Lleida) en el Heliodoro, en la decimocuarta jornada, el sábado 8 de diciembre de 1973, recibía en la Isla al Baracaldo (aún no era el Barakaldo), que ocupaba la zona tranquila –13 puntos y un positivo– bajo la dirección de Eusebio Ríos.

El guardameta Domingo pagó los ‘platos rotos’ de la derrota sufrida ante el Rayo y esa noche de sábado Moll apostó por la cantera y por algo parecido a un 4-2-3-1 tan de moda ahora y menos popular entonces: Nemesio; Lesmes, Juan Miguel, Esteban, Pepito; Eduardo, Cabrera (José Manuel, 62’); Ferreira, Mauro (Kraus, 85’), Gilberto I; y Cantudo. Es muy probable que los casi trece mil aficionados que acudieron al Heliodoro hayan olvidado la alineación, el rival y hasta el resultado… pero no que mediada la primera parte, Cabrera envió un balón largo hacia la portería del Baracaldo, bajo la grada de Herradura.

Por aquel esférico pugnaron Mauro y Madariaga, hombro con hombro, codo con codo. Tras el bote, Mauro intentó un control con el pecho, pero la pelota se le fue un poco larga y se ayudó con el hombro. O con el antebrazo. En un momento determinado, ya con el brazo y la mano, en una ‘ayuda’ ya muy evidente para Mauro Pérez Rodríguez (Tenerife, 1946), apodado ‘el Patanga’, que se formó en el Arenas y el Toscal y que con 15 años emigró a Venezuela, donde fue figura. Y que de regreso a España fichó por el Real Madrid, que lo cedió a Recreativo, Hércules y Celta, equipo con el que ascendió a Primera División como titular y con 23 años.

Entonces, una rotura de menisco y ligamentos le destrozó la rodilla. Mauro regresó a casa, se recuperó y se incorporó al Tenerife, que militaba en Tercera División. Vital en el ascenso a la categoría de plata, aquel sábado de diciembre, ya se ha dicho, estaba pugnando con Madariaga por un balón dividido que ya casi tenía sujeto con su mano. La situación invitaba a admitir la falta, pero ahí recuperó su faceta de jugador de calle: vio que el árbitro, “un andaluz gordito [Fernández Quirós]”, estaba lejos y la pelota “tapada por nuestros cuerpos”, así que agarró el esférico, lo colocó en las manos de Madariaga, se frenó y se giró en dirección al árbitro.

“Árbitrooooo, penaltiiiiiii”, gritó Mauro mientras reclamaba la atención del colegiado andaluz. La imagen era diáfana: José Ignacio Madariaga, fornido defensor que luego militaría en el Athletic Bilbao y el Racing de Santander, estaba en el corazón del área visitante, estupefacto, con el balón en sus manos. Y ante la evidencia, con la ‘prueba del delito’ ante sus ojos, Fernández Quirós señaló el punto fatídico entre el silencio cómplice de muchos aficionados. Madariaga fue amonestado por protestar y Esteban lanzó el penalti a las nubes. Pero los que estaban aquella noche en la grada de Herradura no han podido olvidar la acción.

En la segunda parte, el Tenerife resolvió el partido con goles de Ferreira –a pase de Mauro– y Cantudo. Y ya con 2-0 y a falta de cinco minutos, Mauro se sintió lesionado y fue sustituido por Kraus. No tenía mucho interés en despedirse de Madariaga.

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