Algo falló en Barajas

Algo falló en Barajas

11 de octubre de 1980

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Eran los héroes del Heliodoro, los inmortales de Pepe López, los titanes que tres días antes habían eliminado a la UD Las Palmas, los semidioses que fueron vitoreados por veinte mil aficionados blanquiazules en una noche inolvidable… Y también eran los que, tres días después, estaban siendo cacheados por la Guardia Civil en el aparcamiento del aeropuerto de Madrid-Barajas, con las manos contra la pared y las piernas abiertas. Algo falló. Y las versiones son dos. Porque, casi cuatro décadas después, todas las fuentes consultadas aseguran que el jugador avanzado ordenó la táctica correcta. Ese elemento, básico en el partido que el Tenerife jugaba cada quince días en el aeródromo madrileño, tenía la misión de averiguar cuál era la marca del día, la señal que los funcionarios de aduanas hacían en las maletas ya revisadas y que pasaban sin problema alguno ante la Guardia Civil.

Una vez que el jugador avanzado cumplía su misión, los marcadores salían a escena. Y armados con una tiza daban vía libre a las maletas con carga, que contenían esos materiales que se podían encontrar en Canarias a mejor precio que en la Península. Las maletas sin carga se abrían ante los aduaneros, para que estos las revisaran minuciosamente sin encontrar nada prohibido y luego le hicieran la marca preceptiva que permitía acceder al exterior. La entidad, hay que decirlo, hacía la vista gorda. Como nunca pagaba a tiempo, permitía a los jugadores ganarse un sobresueldo. Eso sí, en caso de que fueran descubiertos, los directivos recordaban el papel del capitán Renault en Casablanca: ponían el grito en el cielo y se indignaban mucho. Hasta la semana siguiente, que volvían a hacer la vista gorda. Pero el sábado 11 de octubre de 1980 algo falló en Barajas.

Unos culpan a un veterano portero al que los nervios hacían tartamudear y otros a un joven zaguero juvenil no muy ducho en las relaciones con los aduaneros. Lo cierto es que ellos fueron los últimos en salir. Los compañeros estaban en el autocar, dispuestos a ir a su hotel habitual en Madrid, ya conocido por el mundillo del contrabando. Además, esta vez el desplazamiento era sencillo. Se jugaba en Alcalá de Henares y se pernoctaba en Madrid. No había prisas ni que hacer las ventas en hoteles de carretera, mucho más inseguros. Fue entonces cuando en una maleta sin carga se le descubrieron al portero decenas de cajas vacías de mecheros Dupont de las que, entre los nervios y su tartamudez, no supo explicar su procedencia.

Otra versión dice que un policía, al darle vía libre al zaguero con un cariñoso golpito en la espalda, detectó que cargaba con media docena de calculadoras Casio atadas al cuerpo con cintas de correo.

Las versiones, ya se ha dicho, son dos. Y coinciden en que el implicado, según dictaba el protocolo establecido, juraba y perjuraba que actuaba por su cuenta. Entonces, en medio de aquellos aspavientos, de su camisa se le cayó la lista de la compra. Es decir, la relación detallada de lo que había en cada maleta, precios, compradores, ganancias, repartos… Diez minutos después, los héroes del Heliodoro estaban fuera de la guagua, con las manos contra la pared mientras la Guardia Civil registraba sus equipajes. Y allí estuvieron desde las once de la mañana hasta las tres de la tarde. Hasta que apareció y fue decomisado todo el material. Y ya se ha dicho: los directivos se indignaron mucho y anunciaron medidas que jamás se tomaron. Y en el siguiente viaje volvieron a hacer la vista gorda.

Y además...

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