Aimar, el principio del fin
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Aimar, el principio del fin

26 de diciembre de 1998

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La desesperación conduce al error. El Tenerife lo comprobó con la contratación de Carlos Daniel Aimar (Argentina, 1950), un técnico con un palmarés notable que llegó al club inadecuado en el momento menos oportuno. Un equipo de ‘peloteros’, construido a golpe de talonario, se encontró así con un técnico amante del sudor y la entrega, que en España construyó su mística en el Logroñés y el Celta de Vigo, apoyado en los barrizales de Las Gaunas y Balaídos. Con su fichaje para sustituir a Juan Manuel Lillo, el conjunto blanquiazul perdió algo más que unos partidos o hasta una categoría. También perdió un estilo que le había definido durante casi una década entre los grandes del fútbol español. El Heliodoro no le llegó a cantar aquello de “hay que saltar, hay que saltar, porque esta noche se va Aimar”, pero sí respiró aliviado con su marcha. Pero entonces ya no había solución: el equipo estaba en Segunda División.

Para entender la presencia de Aimar en la Isla hay que retroceder unos meses y recordar que el Tenerife 97/98 había logrado la permanencia en el penúltimo minuto del último partido, después de que Jokanovic batiera de penalti a Zubizarreta y completara una agónica remontada (3-2) ante el Valencia. Lo hizo, eso sí, tras consumir tres entrenadores y 5.000 millones de pesetas en fichajes. Una hucha seca y los números de Lillo en el tramo final de la competición, en el que sumó cinco victorias en siete partidos en el Heliodoro, invitaron a Javier Pérez a una austeridad disimulada bajo el argumento del buen nivel mostrado con Lillo. El guardamenta Navarro Montoya y el delantero grancanario Marcelino fueron los únicos fichajes para el curso 98/99. Y aunque el equipo no jugaba mal y sumó victorias en la Península ante Oviedo (0-1) y Villarreal (2-5), no le ganaba a nadie en el Heliodoro.

A Pérez se le agotó la paciencia tras un empate (1-1) en casa ante el Extremadura, con el Tenerife en la penúltima plaza y después de sumar apenas seis puntos de 24 posibles en el Heliodoro. No era un buen momento para el cambio, porque el calendario anunciaba que el siguiente compromiso era la visita al Real Madrid, club con el que se había entrado en ‘guerra’ al robarle días antes a Miguel Ángel Ferrer, ‘Mista’, un prometedor delantero. Entre las opciones barajadas se eligió la peor: Carlos Aimar. No parecía el mejor remedio para una plantilla repleta de veteranos que apostaban por un fútbol elaborado aquello del golpe en el pecho al saltar al campo “para que el jugador despierte y entre con bronca a la cancha”, así como decenas de supersticiones: la bufanda roja, el chaquetón, la corbata fina, dirigir con un traje combinado con botas de fútbol…

El sábado 26 de diciembre de 1998, Pérez anunció la contratación de Aimar, que al día siguiente llegaba al Aeropuerto de Los Rodeos acompañado de Norberto Pacciulo, quien ya había ejercido de preparador físico con Jorge Solari. Artífice de la milagrosa permanencia del Logroñés 92/93 tras ganar seis de los últimos ocho partidos, pretendió aplicar la misma receta en la Isla: pelea, lucha, trabajo defensivo, disciplina, sufrimiento… No funcionó. Se estrenó con una goleada (4-0) en el Bernabéu y cuatro meses después abandonó un barco que se hundía tras sumar tres victorias, cinco empates y nueve derrotas ligueras. Fue el principio del fin.

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