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‘Grazie Mille’

Riccardo Bridelli vuelve a Italia tras su grave accidente en la Vuelta Ciclista a Tenerife

YENDY HERNÁNDEZ / ONDA CERO

“No te duermas chaval. Espabila que mañana tienes la etapa reina. Niño, eres un campeón. No te voy a dejar sólo. Si me escuchas, abre los ojos. No cierres los ojos… ¡No cierres los ojos chaval!

La Plaza de la Patrona de Canarias es el punto de partida de la primera etapa en línea de la Vuelta Ciclista a Tenerife 2016. Es la hora de la sobremesa del viernes 2 de septiembre. El sol canario chispea en los maillots, la brisa peina los flequillos de organizadores y turistas, sonríen los corredores. Al pie de de la neoclásica Basílica de Candelaria resalta el equipo italiano Pregnana Team Scout, el único de más allá de las fronteras españolas.

Con apenas 19 años, Riccardo Bridelli siente la tensión de un profesional. Sabe que Tenerife es una isla amiga del ciclismo. Nibali, Contador o Froome entrenan asiduamente en esta tierra de playas y volcanes. Especialmente en El Teide y sus horizontes anaranjados e infinitos.

El joven italiano observa curioso las nueve esculturas que vigilan la Plaza de la Basílica. Son los Menceyes que gobernaban Tenerife antes de la conquista hispánica. En ese instante desconoce que el aura de la Virgen de Candelaria, el sagrado poder de los Menceyes y otras fuerzas telúricas van a velar por su vida.

El joven Bridelli pedalea valiente, devorando la etapa de 95 Km entre Candelaria, El Porís y Arafo. Impulsivo, el italiano demarra y pedalea entre el rosario de corredores que marchan en solitario por delante del pelotón.

En Arico restan 30 Km para el final. Entre el paisaje seco y árido, el trazado es sinuoso y concede un pequeño descanso. Cabe relajar un poco las piernas. La carretera está rota antes de llegar al puente del Km 57 de la Carretera Vieja del Sur. Bridelli no reacciona ante la curva ciega en forma de L hacia la derecha. Es un giro brusco y oculto, custodiado por abismos de roca. El ciclista rueda a 50 Km/h. En un pestañeo, sin frenar, impacta brutalmente contra el guardarrail. El golpe chirría antes del salto al vacío con caída a un barranco. Bridelli y su bicicleta ruedan, ruedan y ruedan. Dos almendras arrastrándose en una garganta de piedra viva.

“¡Se acaba de caer uno! ¡Eeeeh, se ha caído uno al barranco! ¡No lo veo!”

Cuatro o cinco ciclistas gritan y corren enloquecidos de un lado a otro de la carretera. Asomarse al barranco aumenta el desconcierto. Ricardo Bridelli está invisible en una ladera semidesértica. Apenas medio minuto después, aparece la moto de seguridad de un agente que intenta ordenar el caos.

Natural de Gran Canaria, el Guardia Civil de 34 años Fran Santana lleva 7 años afincado en Tenerife. Avisa del accidente por la emisora e instintivamente emprende una aventura. Arriesga sin pensar. Desciende a mano la pared de roca. No escucha a nadie. No ve ninguna bici. Suda, resbala, se desliza como un lagarto entre las piedras.

Treinta metros por debajo de la altura de la carretera, mientras pierde a cada segundo la esperanza de encontrar vivo al ciclista, una escondida zarza aparece como la polvorienta cuna de Bridelli. Impactado, la reacción para llegar con rapidez provoca que Fran caiga hacia atrás, rompiendo su casco y lastimándose la muñeca. No hay tiempo para pensar en heridas propias. Tampoco para recordar que falta un mes para la llegada de Lucía, su primera hija.

“¡Está vivo! ¡Está vivo!”

Fran explora el cuerpo de Bridelli, tendido boca arriba y semiinconsciente. Sufre un profundo corte del labio al mentón, jadea con dificultad, tiene la boca llena de sangre. El Guardia Civil gira suavemente la cabeza del ciclista para que pueda expulsar sangre y respirar. Al tiempo, presiona la herida del mentón. No hay fracturas abiertas, pero asusta la postura antinatural de la pierna izquierda del italiano. Cuando Fran la estira, siente que Bridelli puede tener una grave lesión en la cadera. Dos metros por debajo yace con el cuadro roto la bicicleta, enredada entre piedras.

“Si me escuchas, abre los ojos”.

La obsesión del Guardia Civil es que el ciclista no cierre los ojos. No deja de gritarle, aplaudirle. Todo por mantenerlo despierto. Bridelli no habla, tan sólo responde a los estímulos a través del lenguaje de los ojos.

Media hora después del inicio de la atención primaria del Guardia Civil llega la Cruz Roja y el resto de refuerzos. Los bomberos bajan haciendo rappel, la sirena de la ambulancia silba en el puente, el helicóptero está preparado para trasladar a Bridelli.

Vuelta ciclista a tenerife
Riccardo Bridelli, ciclista italiano, junto al Guardia Civil que lo salvó en la Vuelta Ciclista a Tenerife. | CEDIDA

El ciclista de Piacenza estuvo cuarenta y cinco días ingresado en La Candelaria, el Hospital elevado en honor a la Virgen a cuyos pies salió la etapa. La Morenita es la madrina del renacimiento de Bridelli. Tras diez días en la UVI, acompañado por sus padres habitó la habitación 926 con un contrapeso para nivelar la cadera. El historial médico registra una heroica remontada del amasijo de lesiones. La arteria carótida, la pelvis, las costillas, el pubis, la rodilla derecha, los riñones, la nariz. Todo un examen a caballo entre la ciencia y el milagro.

“¿Cuándo salimos juntos en bici?”

Lo único que Bridelli recuerda del accidente es la cara del Guardia Civil en los momentos más críticos. El agente lo visitó cada semana en el hospital. Entre bromas sobre salir a pedalear en pareja, Fran compartía con el joven las emociones de la primera paternidad.

“Amigo, amici”. Bridelli le agarra la mano y mientras lo mira a los ojos susurra: “Grazie Mille”.

El ciclista de 19 años del equipo filial del Lampre Ricardo Bridelli, mecánico de profesión, cogió el avión que lo devolvió a Italia con su padre y el médico del equipo el 17 de octubre. La familia Bridelli agradeció apasionadamente la amabilidad de los médicos de La Candelaria, la implicación del Organismo Autónomo de Deportes de La Laguna y la preocupación de Juan Marrero. El presidente de la Federación Tinerfeña de Ciclismo lo acompañó siempre hasta despedirlo en el Aeropuerto de Los Rodeos.

Días antes del retorno, la Casa de Los Capitanes de La Laguna respiró un emotivo homenaje dedicado a todos quienes participaron en el milagroso rescate. En un dialecto mediterráneo entre italiano y español, el padre del ciclista prometió en el acto que disfrutaría de su jubilación en Tenerife, la isla que vio renacer a su hijo Riccardo. Desbordado, emocionado, con la mirada perdida, los ojos vidriosos y la voz entrecortada, el señor Bridelli sólo podía repetir “Grazie Mille”, “Grazie Mille a tutti”.

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